Docente sanfrancisqueño justifica la última dictadura militar

Cuando el Estado nacional toma una reivindicación de la sociedad civil como política pública, logra potenciarla para que ésta llegue hasta espacios que no eran accesibles por el despliegue que requiere. El caso de la búsqueda inclaudicable de Memoria, Verdad y Justicia por los organismos de derechos humanos es un fiel ejemplo de ello.

El congreso nacional cuando estableció, por ley, el 24 de marzo como día nacional de la memoria implicó, en el marco de un cambio de época, que en todos los colegios se realizara un acto conmemorativo, abriendo un debate profundo sobre el accionar de la funesta última dictadura militar.

Durante el pasado 24 de marzo, en el colegio público IPEM N° 96 “Prof. Pascual Bailón Sosa” de la ciudad de San Francisco, mientras se realizaba el acto escolar en donde la directora del establecimiento, Evelyn Ferrato -familiar de ex detenidos por razones políticas en la época de la dictadura-, profesores y alumnos del establecimiento leían las semblanzas sobre las treinta y dos personas asesinadas y desaparecidas de San Francisco y la región, en base a testimonios tomados a familiares y amigos de cada uno de ellos; el profesor de educación física, Aníbal Gaviglio, interrumpió violentamente y a los gritos la lectura de los testimonios de las víctimas del Terrorismo de Estado.

“Eso no es cierto”, exclamó el docente “en tono sumamente irrespetuoso y a los gritos” -según denunció la Comisión de Memoria, Verdad y Justicia de la localidad del este cordobés-, para luego manifestar exaltado que uno de los nombrados –José Luis Boscarol– no había sido ejecutado y que la mujer –Mirta Gallegos– no podía saber nada porque estaba “prófuga” -refiriéndose a la esposa sobreviviente de la dictadura, exiliada-.

El término vertido -prófuga- implica la acusación de que la víctima de la dictadura “había sido una delincuente”, emitiendo un juicio de valor repudiado por la multisectorial de derechos humanos.

Luego, el docente intentó subestimar el genocidio pertrechado por la dictadura al esgrimir que “no eran 30.000 los desaparecidos sino 9.000, que el pueblo quería que los militares dieran el golpe”.

Siguiendo con las falaces argumentaciones, consideró que no importaban los muertos, que fue peor el desastre económico que sobrevino, y que la causa de ese desastre y el caos fue provocado por “los subversivos”.

Finalmente, en el mismo sentido y al estilo que Cecilia Pando y la editorial del diario La Nación, instó a que los alumnos debían conocer toda la historia, “la memoria completa”, no sólo lo que en el acto se estaba contando.

Repudio de la Comisión

Por su parte, tras la polémica encedida, la Comisión de Memoria, Verdad y Justicia de San Francisco precisa que Gaviglio “intervino autoritariamente, con el pretexto de contar su verdad en un acto oficial, organizado y consensuado previamente por un grupo de docentes, en la escuela donde ejerce, desautorizando a sus propios compañeros en presencia del alumnado”.

“Como docente debe poder establecer cuál es la diferencia entre crímenes comunes y de lesa humanidad. Los últimos, son cometidos por organismos del estado a través de una política general y/o sistemática, en la que se vulneran derechos de la sociedad civil o de un grupo determinado de ella”, señalaron desde la Comisión.

Y lamentaron que “en esta democracia de hoy, que tanto nos ha costado, es que un profesor en actividad transmita a sus alumnos dichos conceptos, justificando atrocidades cometidas por el gobierno de aquella época nefasta (antes y durante la dictadura) en contra de grupos civiles a quienes debía proteger y otorgar garantías constitucionales y de seguridad”.

Las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora se sumaron al repudio de los dichos del profesor Aníbal Gaviglio: “Lamentamos muchísimo que un profesor transmita a sus alumnos conceptos en donde se justifiquen los hechos atroces de la dictadura. Lamentamos su actitud autoritaria en el campo de la docencia”.

Silvia Marchetti, secretaria de Derechos Humanos y Género de U.E.P.C., expresó que “es impensable que podamos admitir, que en las instituciones educativas, puedan tolerarse conductas reñidas con la democracia, con
el respeto a la diversidad y, como consecuencia que generen exclusión”.

Aclaraciones que oscurecen

Luego, en una reconocida radio de San Francisco, el docente Gaviglio trató de aclarar sus dichos al ser entrevistado por el  periodista Darío Pérez:

 

Carta de Abel Bohoslavsky, compañero, amigo y colega del Chanchón 

Habiendo tomado conocimiento de la denuncia hecha por la Comisión Memoria, Verdad y Justicia y la Biblioteca Popular Somos Viento de San Francisco, Córdoba, acerca de la agresión verbal pronunciada por un docente contra la señora Mirta Gallegos y su desaparecido cónyuge, José Luis Boscarol, me solidarizo en primer lugar con la agraviada (y también con su hija Daniela igualmente víctima de esos agravios) y me sumó a la gran cantidad de repudios que he leído hacia el mencionado agresor.

No conozco al señor del que se informa es ¿docente? pero sí conocí personalmente al agraviado post-mortem, el entrañable José Luis Boscarol, a quien amigos, compañeros y colegas apodábamos cariñosamente como “el Chanchón”.

Tuve la suerte de compartir la graduación como médicos con él en abril de 1972 y ser colega de él en el Hospital Rawson de Enfermedades Infecciosas de Córdoba y en el dispensario de la villa del Bajo Pueyrredón. Hombre íntegro, estudioso, bonachón y siempre con una broma en sus charlas con pacientes y colegas, comprometido en aportar sus conocimientos científicos a favor del sufriente, con especial énfasis en los más vulnerables y perjudicados en su salud, como resultado de pésimas condiciones de vida y de trabajo. Un trabajador de las ciencias dedicado en su práctica profesional al servicio de los más necesitados. Un ser humano comprometido con su pueblo y ajeno a toda mezquindad, que fue capaz de entregar horas de su vida a la atención médica, aún sin recibir retribución salarial como todo profesional lo amerita. Para resumir en pocas palabras claras y rotundas: atendía gratis en un dispensario barrial y en un hospital público y después veía cómo se las rebuscaba. El Chanchón Boscarol fue uno más de los que comprendió que, además de su profesión, debía asumir un compromiso político para modificar de raíz la cruel realidad social y sanitaria que laceraba a millones de compatriotas. Asumió el compromiso por los de su clase trabajadora y asumió el desafío de sumarse, como tantos cientos de miles, a la insurgencia que por aquellos años florecía por nuestras tierras irredentas.

Precisamente, asumió el compromisio por la redención social. Las opciones políticas siempre son debatibles, pero los compromisos humanos y sociales están fuera de discusión.

En ese compromiso, la muerte lo sorprendió cuando el vehículo en que transitaba fue objeto de un intento de detención por parte de fuerzas represivas que abrieron fuego contra él y otra persona que lo acompañaba. Semejante situación no es un “accidente vial”. Fue uno más de una serie de crímenes sobre cuyas responsabilidades y culpabilidades, ya hay numerosas pruebas y sentencias judiciales y una voluminosa literatura histórica documental y testimonial.

Leer – y escuchar – que hay personas capaces de enlodar a los muertos y agraviar a sus familiares sobrevivientes de un genocidio, no sorprende. Pero no calma nuestra indignación. El genocidio no lo cometieron solamente los ejecutores materiales sino también, los predicadores al estilo de este ¿docente? Cuando escuchamos que una persona así es capaz de cuestionar una cifra de desaparecidos y cambiarla por otra cifra – ¡como si el número de víctimas fuese menor atenuaría la criminalidad de los terroristas al mando del Estado! – vemos que estamos frente a un apologista del genocidio. Semejantes “docentes” son de la misma estirpe de los que, cuando era niño y adolescente, pretendían hacernos creer que los pueblos originarios “desaparecieron” sin saberse por qué. Son los mismos que levantaron monumentos y bautizaron pueblos, ciudades, plazas y calles con los nombres de los perpetradores del genocidio del siglo XIX.

No extraña entonces – ¡pero sí alarma muchísimo! – que un ¿docente? en pleno siglo XXI tenga la desvergüenza y se ufane de hacer la apología del genocidio del siglo XX que asoló nuestra Argentina irredenta. Y que lo haga ante familiares y compañeros de una de las víctimas, es una prueba más de las consecuencias de una impunidad que apenas empieza a resolverse en estrados judiciales. El apologista del genocidio se atreve de calificar de “prófuga” a una persona que, como la esposa del Chanchón, se resguarda de otra muerte segura. El apologista del genocidio utiliza la jerga burocrático-militar tratando de reproducir culturalmente el lenguaje oprobioso del terrorismo nazifascista. Terrorismo de lenguaje, terrorismo en la acción, para reproducir un sistema de opresión y explotación, expresiones del odio hacia quienes como Boscarol, se atrevieron a desafiar su dominio inhumano. Y siguen predicando para infundir desasosiego y temor. Mienten y dicen que los que mienten son los otros. Aterrorizan y dicen que los terroristas son otros. Como el vulgar delincuente que grita “¡al ladrón!” mientras él delinque ante la distracción de los demás.

No estamos distraídos señor apologista de los crímenes del terrorismo de Estado. Alguien se ocupará de que estos apologistas del genocidio sean enjuiciados cómo y dónde corresponda a los efectos legales. Pero nadie evitará que nuestras voces se alcen en su repudio moral, político e histórico, nuestra solidaridad con los familiares se manifieste con cariño y nuestro renovado homenaje a José Luis Boscarol, ejemplo de dignidad y compromiso humano con su pueblo, se multiplique. Algún día, un hospital o un centro de salud llevará su nombre, como parte de la recuperación de nuestra Memoria Histórica.

 

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