Crónicas incaicas II: de Lima a Machu Picchu

En este relato quisiera narrarles nuestro último día en la capital peruana, el lunes 14 de enero, para luego continuar con la visita a Cusco, la capital histórica incaica, y finalmente con la ida a la ciudadela Machu Picchu.

Esto será largo porque nos ocurrieron muchísimas cosas en apenas cuatro días, desde ir a un boliche gays en Lima a participar de un rescate de un peruano que había sido arrastrado por un desbarranque hacia el río .

Durante los dos primeros días, volando con escala en Santiago de Chile, en Lima visitamos la playa “El Silencio”, entre cosas. (ja)

Luego continuó una larga noche del domingo 13 en el hostel, conversando con Roma -un ruso peruano nacido en Moscú en 1988- y Belén -de Trelew, estudiando Cine en Buenos Aires-.

Roma residió hasta los cinco años en Moscú hasta que su padre peruano se separó de su esposa rusa y se trasladaron a Trujillo, Perú.

Su padre viajó en 1985 a la ex URSS, en aquel entonces, para estudiar y capacitarse junto con cientos de latinoamericanos. Por ello, Roma en su niñez estuvo rodeado de chicos de todas las nacionalidades y aprendiendo el español y el idioma ruso.

Ahora es guía turístico, principalmente para los visitantes rusos ya que habla la lengua como ninguno; además es músico y manager de la banda de reggae Cultura Profética. Por otro lado, tiene con su padre una empresa -o como dijo, una compañía- de reparación de maquinarias agrícolas, industriales y de la construcción.

Nos contó del auge económico de Perú, de los nuevos “ricos”, que por la explotación minera, la exportación de alcauciles y la construcción, se han transformado en un nuevo sector con un fuerte consumo. Pero que se han incrementado las desigualdades, el egoísmo, el racismo y la avaricia.

En Perú existen profundas contradicciones entre los “pitucos” -nuestros “chetos”- y los cholos -lo que en Argentina segregan como los “negros”-. También tienen las broncas entre los limeños -nuestros porteños- y los serranos -el interior cordillerano-.

 

 

Por la mañana del lunes 14, fuimos en “bondi” hacia el centro histórico limeño. Pero antes de partir cachamos a nuestros compañeros de cuarto, chilenos ellos, diciendo: “Qué sucios que son estos huevos”. (ja) No nos quieren, para nada.

En el “bus” se repite una postal argentina: niños y hombres subiendo a pedir ayuda o vender algún objeto.

Lima es una ciudad extendida de 10 millones de personas, sin edificios altos; por ello, los colectivos recorren largas distancias.

Miraflores es más residencial, una ciudad aparte, Barranco es bohemio, mientras Chorrillos es el puerto de pescadores.

Cuando llegamos al centro histórico, Luciano tiende a entablar conversación como si todos fueran extranjeros y hablaran otro idioma. “Us-ted-ven-de-ci-ga-rri-llos”, pregunta entrecortado a un kiosquero que resultó ser chavista. Le preguntamos sobre un diario que vendía que titulaba “La Guerra con Chile es inevitable”. Responde que no es así y nos recomendó leer “La Primera”, un periódico progresista, como el Página/12 argentino.

En la peatonal de Lima nos cruzamos con una jóvenes militantes que recogían firmas para la modificación de la constitución nacional, que obligue a trabajar ocho horas diarias, entre otras reivindicaciones.

Mientras recorremos el centro vivimos una discordia entre Mana, el angurriento, y Canqui, el débil estomacal. Difícil, a veces, ponernos de acuerdo sobre dónde y qué comer. En nuestro grupo empieza a definirse más aún, yo soy el organizador, atractivo, simpático… (jajajaja)

Canqui es el tirador de chistes originales. Ejemplo:

Mana: El pescado no te puede caer mal.

Canqui: El pescado, nada.

Yo: Cuak.

Estas conversaciones inverosímiles se repetirán en cientos de ocasiones.

 

La novela del “city tour”. Luego de lograr cambiar pesos argentinos por soles peruanos, nos subimos a un bus que nos llevaría por los principales edificios históricos de la ciudad y a la cima del cerro San Cristóbal.

Atrás mío, una pareja comienza una ardua discusión. La mujer le planteaba de por qué guardaba fotos y videos de las ex aún en su celular.

Que encontró en la cama cabellos de otra mujer y encima le descubrió “chupones” en el cuello.

Es lo que diríamos: irremontable, irremable.

“Con esta sería la tercera vez que me engañas”, le reprochó la mujer, joven, de aspecto veinteañero.

Él, silencio. “Yo no te reviso el celular pero ese día te lo dejaste”, siguió la mujer exasperada.

“Ella tiene Nextel”, sigue. Hasta que él le dice: “Ya, ya, ya…”

“Ella de dónde es”, le pregunta.

“Ya, ya, ya”, da por finalizada la discusión el joven.

A todo esto, suena en la radio del bus, la declaración del ministro de Defensa, Pedro Cateriano, de que buscan procesar a la mayor cantidad de dirigentes de Sendero Luminoso, guerrilla maoísta del Perú, la más grande de sudamérica en los ochenta. En estos momentos, su líder, Abimael Guzmán, se encuentra encarcelado con prisión perpetua.

En el tour nos pasó lo común, fue acelerado al máximo. Cuando nos decía la guía que en la Catedral estaban los restos de Francisco Pizarro, la conjunción de la espada y la cruz, al girar para verla ya la habíamos pasado y estábamos en la Casa de Gobierno.

Nos contó que Lima es la ciudad de los balcones, a pesar de que apenas lograron conservar 350 en su estado original.

Mencionó la “Santa Inquisición”, por la cual la Iglesia Católica durante 200 años controló la “moral y las buenas costumbres” en las colonias. Cuenta cómo eran sentenciados a la hoguera.

Pasamos por Rimac, el barrio más antigüo de Lima y donde están ubicados el 40 por ciento de los monumentos históricos declarados patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Camino a la cima del cerro San Cristóbal, se recorre el vía crucis. En el pico del cerro, la vista panorámica de la metrópoli es magnífica.

 

Paseo por el puerto de Chorrillos, cena en Barranco y boliche en Miraflores. Por la tarde noche nos dirigimos a unos de los lugares que más nos recomendaron en Lima, el distrito de Chorrillos. Allí fuimos al puerto de pescadores, para luego subir al Cristo redentor de la ciudad.

Al lado hay un monumento a los caídos en la batalla de San Juan y Chorrilos de 1881 contra el ejército chileno. Debajo un ataúd estremecedor. Dos autos disfrutando de la “villa cariño” limeña.

Bajando decidimos optar por un nuevo camino. Allí terminamos en una especia de villa miseria. Tuvimos cierto temor a sufrir un hurto violento.

Al pasar por dicho barrio, una mujer nos pregunta sobre cómo nos habíamos animado a pasar por allí. Nos indicó cómo dirigirnos hacia Barranco. Queríamos ir a conocer los bares de la zona.

Hermoso lugar. Disfrutamos de la cena, siempre abundante y barata. Es algo que caracteriza a Perú.

Entramos a un bar donde conocimos dos cordobesas, Agostina y Stefanía. Nos dicen que por ser lunes, la “joda” está en Miraflores. “Vamos!”, les dijimos.

Entramos, sin saberlo, a Downtown, un boliche “gay”.

Finalmente, “pasamos de largo” porque a las 7 teníamos que estar en el aeropuerto para volar hacia Cusco.

 

Cusqueano. Al llegar el martes 15, la temperatura ya no era la misma que la costa limeña. Sólo 13 grados en pleno mediodía en comparación con los 30 de Lima.

Primero, negociamos el precio del taxi. Veníamos advertidos, en esta ciudad hay que “regatear” todo. Otra vez, como en Lima, el primer tema musical que sonó en la radio fue de rock argentino: Soda Stereo con “(Lo que sangre) La Cúpula”.

Por el dolor de cabeza culpamos a la resaca de la noche anterior y la altura de Cusco.

En la Iglesia central, frente a la Plaza de Armas, tuvimos una ardua discusión sobre el destino donde alojarnos entre dos opciones con perfiles distintos. Pariwana, hostel que no permitía abonar con tarjeta de crédito pero a su favor la alta “caravana”. Por el otro, Che Lagarto, que sí podíamos pagar con el plástico pero es mucho más relajado. Decidimos por la última opción, la más viable económicamente.

Nos tomamos un té de coca, una vez ya alojados en el hostel.

A la noche, con el impactante paisaje, a Canqui se le escapó: “A la mierda, qué bueno estar acá”.

Machu Picchu, la ciudadela en el cielo. El miércoles 16 iniciamos el largo trayecto hacia la cima de la “Montaña Vieja”, el significado de Machu Picchu.

Nos tomamos un “bus” desde Cusco hacia la Hidroeléctrica. Allí conocimos a Charlotte y Jorge. Una joven francesa, de 24 años, que viene recorriendo latinoamérica, luego de recibirse de trabajadora social en su país. Juntó dinero necesario trabajando unos meses en un Mac Donald´s, nos dijo.

Jorge, en cambio, es bonaerense, docente, cuarentón. Es militante del Partido de los Trabajadores por el Socialismo (PTS). “Soy trosco, pero abierto”, aseguró.

Llegó a decir, en medio de una larga conversación política, que él “sería un buen kirchnerista”.

Charlotte y Jorge se conocieron en un colectivo, viajando desde Arequipa hasta Cusco.

Se transformaron en nuestros compañeros de viaje, junto con unos brasileños a los cuales no les entendíamos nada. Sólo cuando intercambiamos palabras sobre fútbol. Ellos son de Minas Gerais, en Belo Horizonte. Se dividieron entre hinchas de Cruzeiro y de Atlético Mineiro.

Paramos en Santa Teresa a almorzar. Mascamos un poco de coca de Jorge, para aclimatarnos mejor y tratar de no apunarnos tanto.

El clima húmedo es acompañado por lluvias esporádicas.

Siguiendo con los chistes de ocasión:

– Cómo no nos comemos una buena trucha

– Mientras sea original

– Cuak

Al llegar a la Hidroeléctrica, donde se vislumbra la espalda del Machu Picchu, comenzamos a caminar hacia Aguas Calientes. Son dos horas y media de caminata. Casi todo el recorrido es conlindando las vías del tren.

Nos cruzamos con cholas que cargaban a sus hijos en la espalda, chicos corriendo llevando las mochilas de turistas, hasta que en determinado momento logramos percibir en la cima de la montaña, a lo lejos, las primeras ruinas del Machu Picchu.

El río que atraviesa la zona es frondoso, agitado y de color marrón. Ideal para rafting, aunque esta actividad la prohibieron en esta época porque la semana pasada fallecieron dos ingleses.

Aguas Calientes es un pueblo ubicado en medio de los cerros. Es soñado. Nos indicaron el hostel que nos tocó. Cálido.

Nos tomamos unas cervezas con Charlotte, Jorge y Luciano. Se sumó Mara, suiza, de 21 años, que hace un año está de intercambio estudiantil en Santiago de Chile. Habla el español mejor que nosotros, por lejos.

Llovió toda la noche. A las 4 AM ya estábamos de pie rumbo al desayuno.

Salimos a oscuras por una calle de tierra, mientras lloviznaba. Aumentaba el temor de que hubiera mucha neblina y no pudiéramos apreciar las ruinas construidas en el siglo XV por encargo del noveno inca Pachacutek.

Tras 15 minutos, llegamos al portón de ingreso al Machu. Ya había decenas de personas haciendo “cola”.

A posterior de la clásica fotografía en el enorme cartel, una vez revisados los pasaportes y los tickets de entrada, arrancamos por el camino inca hacia la ciudadela donde tuvo como función la de palacio de Pachacutek y también como santuario religioso. Habría sido habitado en un 90 por ciento por mujeres sacerdoticias.

El trayecto de caminata por escaleras es de una hora y media. A paso lento pero firme, la subida en plena humedad selvática comenzó a sentirse y mermar la resistencia física.

Finalmente, el esfuerzo valió la pena. La llegada genera una enorme satisfacción, cumplir un sueño y el objetivo central de nuestras vacaciones.

Cuando ingresamos a las ruinas “descubiertas” en 1911 por el norteamericano Hiram Bingham, el cielo estaba descubierto y pudimos vislumbrarnos por la enormidad de esta construcción hace más de 600 años, un símbolo de arquitectura e ingeniería de avanzada.

La vista era perfecta y limpia. El cielo diáfano. Las mejores fotografías fueron tomadas en aquel momento. Luego vino la neblina que tapó la visibilidad en altura.

El guía nos relató al historia del lugar, recorrimos los templos, las cocinas, las habitaciones y el modo en que se construyó.

Después de unas horas de recorrer las ruinas, de sacarnos cientos de fotos, comenzamos el descenso.

Retornábamos a Cusco, primero en tren hasta la Hidroeléctrica, y luego en bus pasando por Ollantaytambo.

 

Rescatistas en el viaje más largo de la historia. Un susto nos dimos cuando la trafic cruzó un vado que venía crecido, con piedras y una camioneta de adelante perdió un paragolpe trasero.

Nuestra bus frenó al pasar el cruce de la correntada. Vimos al fondo del río, un auto destruido. Supimos que habían desaparecido tres peruanos, dos hombres y una mujer, arrastrados por los rápidos.

Con Luciano nos bajamos de la camioneta, fuimos hasta un camión, donde el conductor nos contó lo que había sucedido.

Vimos cómo un policía y un hombre subían mediante una soga a uno de los caídos en el auto hacia el río.

Los ayudamos a tirar hacia arriba.

Cuando, por fin, logramos que llegaran a la ruta, desde la barranca, corrimos hacia el acoplado abierto del camión. Le hicimos pie al hombre. Sube junto al policía que lo esperaba arriba.

Este hombre estaba en estado de shock, no podía pronunciar palabra, y padecía de hipotermia. Se moría de frío.

El policía comienza a desnudarlo mientras temblaba. Le tiro mi campera celeste imperbeable para que se abrigue.

El efectivo nos pide que busquemos una toalla. Corro hacia la bus más cercana. Pido que nos den una seca. Salgo corriendo con ella hacia el camión. Se le arrojo al policía.

Se enciende el camión y sale disparado hacia la ciudad más cercana.

Luego, seguimos hacia Cusco resultando uno de los viajes más incómodos y largos de mi vida. Llegamos recién a las 23.30.

Nos quedan dos días más en Cusco, luego volaremos de vuelta a Lima, donde rentamos un auto para recorrer las playas del norte peruano. Altas expetativas.

 

Ver album de fotos aquí.

 

 

Comentarios


3 Replies to “Crónicas incaicas II: de Lima a Machu Picchu”

  1. Me ha gustado este artículo, muchas gracias por compartirlo y sigue así.

     
  2. Interesante. Me ha encantado, muchas gracias.

     
  3. Interesante. Me ha encantado, muchas gracias.

     

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