Cerro Champaquí: crónica de un ascenso

Semana Santa es un oportunidad para descubrir, nuevamente, las sierras cordobesas. Escalar el cerro más alto de éstas -el Cerro Champaquí, con 2790 metros sobre el nivel del mar- es un desafío y una travesía que no debe dejar de hacerse. Desconexión con la rutina y las obligaciones urbanas, mientras nos conectamos con la vida en la naturaleza y convivir con los lugareños y otros campistas forma parte de lo que uno encontrará en estas experiencias.

Por ello, nos pusimos en campaña para lograr la meta ansiada.

Partimos con un equipo desigual, en tres niveles, en cuanto a sus integrantes, el cual paso a describir:

Por un lado, mi primo, Mariano, con sólo 25 años, es corredor maratonista de montaña. Huelgan las palabras para confirmar que es, sin dudas, el de mejor estado fìsico. Con él surgió y configuramos la alocada y desmedida idea -para mí- de caminar 20 kilómetros para llegar a la cima del cerro.

Luego, se sumó al equipo mi hermano Esteban, quien con apenas 22 años, presenta una condición física también muy superior a quien escribe esta crónica, con 29 años y ausencia absoluta de práctica deportiva desde hace 4 meses por lo menos.

El viernes 6 de abril, al mediodía, con las mochilas cargadas con abrigos, zapatillas acordes al recorrido, aislantes, bolsas de dormir, carpa iglú y todos los elementos necesarios para acampar, iniciamos la travesía.

Llegamos a Villa Alpina -ubicada a 130 kilómetros solamente de Córdoba capital, yendo por la autovía camino a Alta Gracia, para desviar por la ruta hacia Potrero de Garay y Los Reartes, para luego tomar hacia Atos Pampa-. En un momento debimos recorrer 18 kilómetros de ripio hasta llegar a la villa.

Lo único que lamentamos fue no habernos equipado con los pertinentes cigarillos para fumadores porque no los encontramos a la venta en Villa Alpina. A pesar de que uno sí puede encontrar todo lo necesario para adquirir alimentos para comenzar la excursión.

El auto lo ubicamos debajo de unos árboles, pero existe la posibilidad de estacionarlo en una playa techada, cuyo valor es de $140 -vale la aclaración que nos enteramos por unos amigos rosarinos que conocimos después-.

Uno de los errores que cometimos fue que llevamos una cuarta mochila con latas de alimentos no perecederos, una olla, entre otras cosas, que nos complicó el inicio del ascenso. La primer parte, desde mi punto de vista, es uno de los más complicados.

En el arranque, a las 15 horas, nos topamos con un Pinar cuya trepada implica el surgimiento de las primeras dudas sobre si habíamos tomado la decisión correcta de encarar esta experiencia.

La batalla, entre la fortaleza emocional y psicológica frente al desgaste físico, será una constante de todo el viaje.

El paisaje no deja de deslumbrarte, sorprender su belleza y su paz. Los mojones van guiando el recorrido, siguiendo la huella dejada por anteriores caminantes y las mulas y caballos que la circulan a diario.

 

 

En medio del esfuerzo inicial, había que “cambiar de aire”, y no aflojarle. Yo la verdad que no podía emitir palabra alguna, pero mis otros dos compañeros iban charlando y riéndose, cuando afloró el término acuñado, en un instante, como síntesis del viaje: CHAMPAQUIANDO.

Tras caminar 6 km, siendo las 18 horas y con 3 horas de marcha, decidimos detenernos y acampar en el parador de Moisés López. Parco pero amable a la vez, de pocas palabras, la sencillez y su hospitalidad caracterizan a Moisés mientras respondía a nuestras preguntas, que en ese momento eran muchas. Destacándose la que repetimos una y otra vez: ¿falta mucho para llegar…?

El arroyo lindero al parador, Las Socabonas, es magnífico, ideal para refrescarse, descansar en el verde césped y disfrutar de unos buenos mates -a sólo 3 pesos Moisés llena el termo con agua caliente-.

Las vertientes nutren a los paseantes con agua fresca, mineralizada y potable. Indispensable para la supervivencia.

En el parador uno dispone de un salón cubierto y un baño con agua caliente para los menesteres de los viajeros.

Uno de los grandes momentos es la solidaridad y el trato con los otros campistas. En nuestra primer noche, armamos la carpa, ubicamos las mochilas y nos preparamos para la cena. Allí conocimos a dos amigos, Alejandro y Esteban, ambos médicos, oriundos de Buenos Aires y Río Cuarto, quienes nos convidaron sus últimos puchos y acercaron unos ricos vinos para acompañar la cena. Otro grupo de jóvenes de Córdoba sacó a relucir una guitarra. Listo. Sonó música folclórica con la dulce voz de una bella mujer. Mejor imposible. Momento único e inolvidable.

La luna llena nos acompañó durante las noches, junto con un clima templado. No sufrible, para nada.

Temprano, muy temprano, nos levantamos el sábado. Desarmamos la carpa. Decidimos, sí o sí, anular la mochila donde llevábamos el alimento y poner todo dividido en nuestras tres mochilas, para que cada uno llevara únicamente su equipamiento, para facilitar la caminata.

Antes de partir, le pregunto a un paisano hacia dónde debíamos encarar y si había alguna advertencia para el recorrido. Me indicó que pasando un arroyo debíamos tomar para la derecha y evitar la izquierda, sino nos perderíamos. Dicho y hecho. Nos equivocamos y tomamos el rumbo indebido. Estuvimos media hora perdidos, todas las montañas nos parecían iguales, las rocas se parecen entre sí, hasta que vimos a lo lejos a nuestros dos amigos doctores. Ellos salieron 45 minutos después que nosotros y, por suerte, los pudimos visualizar y acercanos a ellos.

Retomamos la senda hacia el Champaquí. El objetivo era caminar un total de 9 horas, desde el parador López hasta el Escalante, ubicado en la base de la montaña, para después hacer cima y descender por la tarde. Y así fue.

En medio de la caminata, se me bajó la tensión, me puse pálido y decidí recostarme en el piso y poner las piernas en alto sobre la mochila. Una vez recuperado seguimos viaje.

Al llegar a la base, luego de 3 horas de caminata, se encuentra el río Tabaquillo, con playas de arena fina. Agua cristalina, un sol reluciente y un cielo diáfano.

En el parador pudimos almorzar unos sánguches de mortadela y queso que saciaron nuestro hambre.

 

Allí nos encontramos con unos amigos de Rosario -Tomy, Nacho, Romi, Flor y el Mono-, quienes nos relataron su ascenso y que “hicieron noche” en un refugio en la cumbre del Champaquí.

Por un momento estuvimos en duda de cambiar nuestros planes originales para quedarnos a dormir en la cima del Champaquí, con la ventaja de poder ver desde allí el atardecer y el alba. Hasta que se finiquitó la discusión cuando nos invitaron a comer un asado por la noche en el parador, sabiendo que luego iba haber música.

Todavía faltaba el ascenso a la cumbre. Uno se debatía internamente entre continuar hacia la cima o quedarse en la base de la montaña, en la playa del río, mateando y disfrutando del día.

Pero había que subir, cueste lo que cueste. Emprendimos la tarea, pero dejando las mochilas en el refugio.

A ritmo constante, firme, eligiendo los mejores caminos, pudimos trepar. Eran las 14 horas. En los arroyos que uno va cruzando llena las cantimploras y botellas para hidratarse. Siendo las 16 accedimos a la meta.

Los valles, los lagos, los pinares y los caminos crean una vista panorámica inolvidable. Vale completamente la fuerza de voluntad y el esfuerzo físico que conlleva.

Unas vacas, insólitamente, pastaban en la cima. Más arriba, el lugar tiene como punto prominente el busto del Gral. José de San Martín, mirando hacia la Cordillera de los Andes y una cruz donde los escaladores ponen sus mensajes, rosarios y ofrendas.

El descenso lo hicimos aceleradamente. En menos de una hora y media ya estábamos en el parador. Armamos la carpa. Y esperamos el grato asado prometido, junto con nuestros amigos galenos y el otro grupo de Rosario.

Por la mañana del domingo, regresamos a Villa Alpina en tres horas. El descenso es rápido pero más proclive a las lesiones en las articulaciones de rodillas y tobillos.

Volvimos a la Docta con la felicidad de haber concretado la anhelado.

Video realizado en la cima del Cerro Champaquí:

 

 

Comentarios


Deja un comentario