Crónicas incaicas I: Limando

Viernes de ansiedad. El equipo conformado por Carlos “Canqui” Smith y Luciano Oscar “El Gringo” Mana -historia aparte el modo en que nos hemos hechos amigos- partió a las 17.45 desde la Terminal de Córdoba hacia Buenos Aires. Un colectivo “lecherazo”. Frenó en todos los pueblos de la ruta 9, paralela a la autopista que une a La Docta con Rosario.

Como se acostumbra, por suerte, llevamos nuestro material de lectura, auriculares, etcétera, para pasar el rato, el largo rato.

El periódico Página/12 para el joven K arroyitense, la biografía de Gustavo Cerati en manos de Canqui y El Túnel de Sábato para quien suscribe. Nos faltó, evidentemente, para la ocasión, Las Venas Abiertas de Galeano, era más que pertinente (ja).

Llegamos a Retiro y nos surgió la inquietud de en qué ir hasta Ezeiza. Eran las 4.30 de la madrugada porteña. Desconfianza a los taxistas que nos ofrecían llevarnos. Mi hermano Nico nos había recomendado “Tienda León”, pero no tenían disponibilidad. Finalmente, nos subimos a un taxi en las afueras de Retiro. Apenas 210 pesos nos cobró.

En el aeropuerto internacional decidimos tomar un café y leer un diario. Mana optó por Tiempo Argentino. En el kiosco había solo uno, pensó que era porque se habían vendido todos los ejemplares. “No, tengo uno solo porque acá la gente piensa”, respondió ante la consulta. “Porque sos un careta”, le replicó el Gringo. Silencio.

En zona internacional, luego de Aduana, es conveniente hacer una mención de cómo “pasar el rato” ante la espera. Comenzamos a buscar los “parecidos” –pero no de famosos sino entre “conocidos”-. Siempre con buena fe y con versiones desmejoradas (ja).

Por otro lado, punto aparte que en la zona de embarque no hay un sector para adictos a la nicotina.

Ya en abordaje hacia el Boeing 747 de Lan, me pregunto y te pregunto: será contradictorio viajar en la línea del presidente chileno en lugar de Aerolíneas Argentinas. No (ja).

Ante nuestra inexperiencia en vuelos –yo sólo tomé dos: Lapa en el 2000 para Bariloche y en 2002 Lan rumbo a Cuba-, nunca encontramos dónde se enchufaban los auriculares, tocábamos todos los botones habidos y por haber.

Volviendo al tema, deberíamos haber, sin dudas, viajado por Aerolíneas porque en LAN te reparten La Nación o El Mercurio. En la línea de bandera camporista no me cabe ninguna duda que te alcanzan Tiempo o Página. A todo esto, hicimos una rápida lectura “crítica” de las tapas del diario mitrista en comparación con el de Spolsky. El día anterior CFK viajó a La Habana y se reunió con la familia de Chávez, con Raúl y Fidel Castro. La Nación lo llevó como pirulo breve abajo y a la izquierda. El Tiempo, grande, al medio, a la derecha. Distintas prioridades, según los intereses.

El despegue. Las pantallas desplegadas en el avión nos muestran un mapa –al estilo google maps- con la altitud, velocidad y la temperatura. Mientras empieza a tomar envión, junto con el rugir de las turbinas, se escucha: “Tripulación, próximos al despegue”, dijo el Capitán, con voz firme y segura.

La sensación de elevarse, símil levitación, por medio de un aparato gigantesco y rodeado de cientos de personas en filas, es algo inenarrable.

Por la visión de las alas moviéndose, el repentino mareo, oímos suspirar y decir al Gringo: “Qué cagaso que tengo”.

Por suerte, el medio de transporte más seguro del mundo no nos falló. “36 mil pies de altura, estamos en nivel crucero, pero se pueden encontrar turbulencias”, indicó el Capitán.

El aterrizaje. No podíamos dialogar entre nosotros por tener los oídos tapados. Por medio de un bostezo logré recuperar la capacidad auditiva.

Mención aparte la música funcional que pusieron en dicha ocasión, que te retrotrae directamente al camino del purgatorio. Escalofriante.

“Ayúdame Chileno Salas”, oró mi amigo riverplatense, el Gringo.

Viajeros en tránsito. En el aeropuerto de Santiago, el cambio nos mataba. Los pesos no valían nada y todo era carísimo. Canqui estaba con el síndrome de abstinencia porque se le había “muerto” la carga del celular y no había enchufes con “tres patitas”.

Empezamos a nombrar, mientras disfrutábamos de una cerveza, de las cosas que sí nos gustan de los chilenos. No lo dudamos. Salió Camila Vallejos como la ganadora. La bella líder estudiantil. Se le sumaron, lejos, Víctor Jara, Pablo Neruda y Salvador Allende.

Recordamos aquella época gloriosa de Marcelo Espina en Colo Colo, Pipo Gorosito y el Beto Acosta en la Católica y de Leo Rodríguez en la U. A mí se me vino, de repente, una de las pocas circunstancias que me angustié por fútbol. El momento en que el bravo perro carabinero, en la semifinal de 1991, atacó la nalga del Mono Carlos Fernando Navarro Montoya.

En vuelo hacia Lima. Se me ocurrió soslayar que, por el sueño acumulado, seguramente íbamos a buscar un hostel y descansar. “Esta noche llegamos a Lima y vamos a dormir bien”, solté así como sí nada. Me miraron y me respondieron al unísono: “¡Estás loco!”.

Esta vez fuimos separados, en distintas filas, dentro del avión de LAN aunque más pequeño y de menor confort que el anterior.

Tuve la suerte de ocupar un asiento sobre ventanilla, sabiendo que la visión de la Cordillera sería óptima.

Pasó el azafato preguntando: “Lima, ¿destino final o tránsito?”, y esas palabras me trajeron pésimos recuerdos dictatoriales. En nuestro caso, “destino final” y nos entregó los papeles burocráticos para la migración en Perú.

Desde la ventanilla, luego de unos minutos de visualizar hasta una mina a cielo abierto y su lago de cola, volamos sobre un mar de nubes, convirtiéndose en un espectáculo fantástico.

Llegando a la capital peruana, me pareció que apagó las turbinas y estábamos planeando sobre el Pacífico. En las aguas del mar se divisaban dos buques de gran porte y su estela por detrás.

“Entró planeando el hijo de puta”, me dije.

Limando. El sábado 12 nos encontró recorriendo el aeropuerto Jorge Chávez, llegamos a los trámites aduaneros y de migraciones. Un amor. No problem.

El primer taxi nos recibió con una FM 100.1 que pasó Calamaro, “La parte de adelante”, siguió con Los Enanitos Verdes, “Aún sigo cantando”, y terminó con Vilma Palma y “Auto Rojo”.

El hostel Pariwawa estaba cubierto en su plenitud. Desfilamos hacia Che Lagarto, ubicado en Miraflores, con la compañía de una joven norteamericana. Sacamos a relucir nuestro inglés de academia. “Very dificult”.

Por la noche, nos dimos un gusto y disfrutamos de una paella de mariscos. Encaramos después hacia un bar irlandés, donde una banda de rock hacía covers de clásicos, destruyendo denodadamente y sin complejo uno por uno.

Caminando por las calles limeñas, nos encontramos con el Salón Municipal de Artes Luis Miró, donde había una intervención artística audiovisual con la participación de 15 artistas. Un espacio postmo universitario que rompía con lo tradicional.

Ya en el hostel, en el patio de fumadores, se armó un debate interesante entre venezolanos y peruanos que asociaban el eje Fidel, Chávez y CFK como las dictaduras latinoamericanas. Deseaban la muerte de Chávez, protestaban por el control cambiario y que gobernaba para el 55 por ciento únicamente. Similares argumentos para fustigar a CFK. Al reconocernos como argentinos, nos preguntaron por nuestra opinión. Mana atacó diciendo que es de “La Cámpora” y cristinista hasta el tuétano. Segundos de silencio. No lo esperaban. Empezamos a charlar y salieron otros temas, como las costumbres. El asado, las mujeres y todos de acuerdo, o no tanto. Un amigo peruano se animó a decir que el dulce de leche era originario de aquí. Un caradura. (ja)

Dormimos como los dioses.

Optamos por un domingo de playa. Es 13 de enero. Lo hicimos de la misma manera que miles de familias de los once millones de habitantes de Lima que aprovecharon el descanso laboral para dirigirse a gozar del sol y la arena.

Los compas de habitación nos recomendaron “El Silencio”. Un balneario a 35 kilómetros de la ciudad hacia el sur.

Subimos a un bondi hacia Benavidez y otro por Panamericana.

“Las paredes son las imprentas de los pueblos”, definió Rodolfo Walsh. Nada menos cierto. Como es el caso de pintadas por el Sí y el No de la revocatoria de la alcadesa de Lima, Susana Villagrán.

Otra pared dice que la “alfabetización es un acto de justicia social”. “Si cambias tú, ya estás cambiando el mundo”, rezan las paredes.

Llegamos a El Silencio. Una multitud presente. Después del menester del arrojo hacia el mar, un poco frío y agitado, apelamos al chicharrón de corvina y al cebiche. Riquísimo. Con una buena cerveza Pilsen, obvio.

Atravesamos la playa, de ida y vuelta, mirábamos las familias. Intentamos jugar al vóley, no tuvimos suerte.

Por la tarde, decidimos regresar. Sorteamos las traffics repletas, hasta conseguir una que pudiéramos caber. Me tocó ir sentado al lado del conductor.

Los colectivitos se cruzan de carril sin aviso, van y vienen, resuenan los bocinazos como método sistemático de irritación colectiva. Guiños inexistentes.

Ya casi llegando a destino, a Benavidez. Nos para un Policía Municipal. Le dice al chofer que estaba infringiendo la ley de tránsito, que yo no podía ir sentado sobre el motor. Le presenta la documentación y luego le acerca el carnet, acompañado por unos billetes. La “cometa” dijo presente. “Usted sabe que no está permitido y lo sigue haciendo, no lo vuelva a hacer”, le dijo el “zorro gris” limeño y seguimos curso, sin multa.

En este segundo día, ya en el hostel. Fuimos al súper para prepararnos unos sándwiches. La noche será de bar en Barranca, el barrio bohemio de Lima. Altas expectativas.

Para ver + fotos.

 

Comentarios


One Reply to “Crónicas incaicas I: Limando”

  1. […] los dos primeros días, volando con escala en Santiago de Chile, en Lima visitamos la playa “El Silencio”, […]

     

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