Machu Picchu: la odisea en primera persona

Nota publicada en el periódico Día a Día el 1 de febrero de 2010 | “Yo no tenía miedo de morirme”, dijo Victoria Bianco, de Villa María, al volver después de sufrir el alud en Machu Picchu.

01/02/2010

Por Andrés Oliva

En las vacaciones uno espera poder viajar para relajarse y conocer lugares diferentes a donde uno vive. En este caso, todo terminó transformándose en una odisea. El martes 26 de enero, dos mil turistas, entre ellos 700 argentinos, quedaron varados en una ciudadela ubicada en la ladera del Machu Picchu, de Perú. Victoria Bianco tiene 28 años, nació y se crió en Villa María, pero cuando finalizó el secundario emigró hacia Buenos Aires para estudiar periodismo. Pero nunca dejó de volver a su ciudad natal. Hace un tiempo, tuvo la felicidad de recibirse y quiso darse un gusto: conocer las ruinas de la mítica fortaleza inca.

Su hermano menor, Alejandro, de 23 años, la acompañaría en la excursión. “Pensamos que era un lindo lugar para ir a conocer juntos”, contó Victoria. Nunca se imaginó las circunstancias que viviría.

Año Nuevo lo pasaron en la inmensidad del Lago Titicaca. Enseguida partieron hacia el lugar ansiado. Optaron por hacer el Camino del Inca a pie. “Cada vez llovía más y más, durante varios días”, relató. Y agregó: “Mientras caminábamos había desmoronamientos, uno se embarraba hasta las rodillas”.

Vacaciones de pesadilla. Mientras iban caminando sobre las vías, ladeadas por el río sagrado Urubamba, notaron que las complicaciones harían imposible llegar al objetivo. “El río venía crecido, ahí me di cuenta que nunca conoceríamos el Machu Picchu”, narró con tristeza. Cuando lograron ascender al pueblito llamado Aguas Calientes, último refugio con hoteles y servicios básicos, empezó la tragedia natural. “A las vías del tren se las llevó el río, no había forma de volver caminando, quedamos anclados en ese pueblito”, describió.

Varados. “Los primeros dos días fueron desesperantes porque no íbamos ni para atrás ni para adelante”, explicó. La desorganización  por parte del Estado peruano para afrontar estas tragedias quedó en evidencia. “Cuando llegaron los primeros helicópteros era un sálvese quien pueda”, mencionó. Además, confirmó que se pagaron coimas desde 500 dólares para ser rescatados primeros, principalmente por norteamericanos.

Descansó dentro de vagones de un tren, donde también se bañaba. Comió en una olla popular en la plaza central a cargo de los lugareños. “Sino era por el trabajo cooperativo de los turistas todavía estábamos ahí”, sinceró. Por medio de un celular, ella y su hermano se comunicaron con sus padres, pero dieron una mentira piadosa. “No les dijimos nada a mis viejos para que no se preocuparan, ellos creían que estábamos en Cusco”, dijo.

El rescate. Por fin, después de tres días, un helicóptero la trasladó a Cusco. Allí, un avión argentino la trajo a suelo patrio. “No tenía miedo de morirme pero me desesperaba por no saber qué iba a pasar”, concluyó.

 

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